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20090424

Nuestro personaje se ha despertado solo, nadie a su lado ni nadie en su mente le implica desazón o alivio. Ha desayunado sus dos piezas de fruta solo, nadie ha interrumpido el lento movimiento de su mandíbula mientras observaba, impasible, el armario desconchado que cuelga por encima del fregadero. Nuestro personaje se ha duchado y ha descubierto que una ducha en soledad y nada en lo que pensar no le gusta tanto como él creía. Ha tarareado un tango mientras se vestía y justo cuando se estaba calzando el zapato derecho ha sentido que una ligera sonrisa adornaba su rostro. Ha recobrado posibles fuerzas perdidas y enfundándose el abrigo marrón que se compró hace dos otoños, abre la puerta de su casa y baja las escaleras del portal para comenzar la semana tal y como acabó la anterior, solo y con ganas de seguir adelante, sin miedo a fundados fantasmas dolientes y con la certeza de que todo se cura con un poco de ironía. Allá en el metro destinará su renovado afán a cambiar el orden establecido de las cosas, y con su cuaderno azul bajo el brazo se sentará en el segundo vagón y, mientras gran parte de sus compañeros de viaje leen el best-seller de turno o el infame periódico gratuito que no es más que telebasura impresa, con su bolígrafo rojo se pondrá a escribir fragmentos de algún posible o hipotético comienzo de algo que no acaba de ocurrir pero que marca pautas indecisas para la meta final. Y en cuanto levanta la vista y fija la mirada en el adolescente que, con muy mal gusto, se taladra los oídos con sonidos implacables que retumban en la atmósfera ya cargada del vagón, respira y piensa una barbaridad imposible: todos escribiendo en sus cuadernos las sensaciones que arrastran esta mañana de otoño que parece más fría de lo que en realidad es sólo porque dejamos nuestro hogar y vamos con destino a nuestro trabajo diario.
R.P.

20090218

Viviendo el metro (II)


Bien, en vista del éxito obtenido con la absurda propuesta "del mapita" (cero comentarios, triunfo total) voy a dedicarme exclusivamente a mis triviales textos. Por lo menos escribiendo alcanzo siempre el mismo el objetivo: el placer de escribir sin esperar nada, nada.



Todo este pretencioso jueguecito no era más que una representación más de alegría, alegría que última y sorprendentemente me regala el metro. Voy a empezar a creer que en vez de el metro voy montado en el vagón de la montaña rusa, donde las emociones son siempre intensas y casi todo el mundo al bajar lleva colgada la sonrisa de la cara...

El dia en cuestión, el jueves pasado, viajaba por la habitual linea 7 y de repente levante la vista de mi recién terminado libro para hacer un rápido reconocimiento de mis compañeros de viaje... suelo hacerlo a menudo, por curiosidad más que nada. Aunque esta vez creí conocer una cara que hacía mucho tiempo no veían mis ojos... mucho tiempo si.

Tras unas cuantas miradas más para asegurar la pregunta lo más posible, llegó la inevitable "...disculpa, ¿tu eres profesor verdad?..." Una mirada incrédula me respondió un "sí" casi imperceptible; "...¿profesor de historia, verdad?..." preguntó mi sonrisa, ya muy confiada. Tenía la certeza, por entonces, que era la persona que pensé desde el principio. Sus ojos me devolvieron la sonrisa queriendo saber un poco más, quería saber porqué hablaba con tanta seguridad. "... yo fui alumno tuyo en el instituto hace años..." aclaré definitivamente...

Entablamos una conversación muy agradable aunque no tarde mucho en hablarle de lo mucho que he recordado una de sus clases... nunca la olvidaré. A estas alturas no me hace falta adular a nadie, que conste. Aquel día en el libro de texto estaba abierto por una página que terminaba uno de los temas, en ella aparecia un mapa muy similar al que he reproducido aqui (os aseguro que me costó MUCHAS horas encontrar éste en el "maravilloso mundo de internet") puede incluso que fuese el mismo, aunque lo dudo bastante.

La historia, nunca mejor dicho, es que una pregunta más sagaz, que la torpemente formulada por mi, sembró la clase de indiferentes dudas aquella mañana... El hecho de que nunca olvidaré esa clase es porque nunca olvidaré la solución, bien sencilla y obvia... (una vez te la dicen claro).

Justo cuando la mueca del profesor reveló su falta de paciencia (se trataba de una simple pregunta y ya habian pasado 5 minutos en blanco...) una voz salió de la nada rompiendo el silencio con una respuesta que provocó algunas risas entre los compañeros, sin embargo el semblante del profesor cambió... ahora mucho más agradable. Esa voz había acertado el "acertijo" en el último segundo... como un triple salvador que regala el partido al equipo más débil en la final de cualquier campeonato escolar...

La respuesta era que "todas las edificaciones son iguales, no parece haber grandes palacios ni centros religiosos". Asi de simple. ¿No era nada complicado verdad?

Lo complicado para mi es comprender el proceso que llevó a un pueblo que vivía en aparente armonía a convertirse en hipócritas defensores de la avaricia, codicia, envidia, soberbia y demás faltas bíblicas. Inconcebibles todas ellas para el 98% de una población mundial que todavía sigue creyendo en un ser superior, quizá sean los que ni creen ni respetan nada los que se aprovechan de ellos...

¿En que momento cambió todo?, ¿como dejaron que aquel "paraiso" se les escapara de las manos... joder?, me recuerda al instintivo proceso de cambios previos a la sangrienta revolución rusa del 17 pero justo al contrario... en este caso dejaron que se les escapase la utopia (sin saberlo claro) para ceder todos sus lujos (no los materiales claro, esos son los que tienen menos valor...) a una gente que pronto se acomodó en "la buena vida" y se inventaron cosas tan poderosas y convincentes como la religión y la tiranía de su iglesia...

Renunciaron a una vida sencilla y tranquila, en la que la palabra compartir siempre estaba presente adornada con lazos de amistad y las sonrisas serían las muecas más desagradables... Nadie sufriria escasez y disfrutarian del trabajo comoun preciado bien por el cual sudar y ver crecer a sus hijos ... y los hijos de estos...

Ya paro que me estoy poniendo pesado, sigo sin comprender... cómo. Puede que simplemente fuese la ignorancia... hay mucho hijoputa suelto al que no le interesa que la gente este formada, que aprenda la verdad de las cosas...

Ignorancia y miedo... menuda combinación!!! que peligro!!!

Lo que pasó desde entonces hasta llegar a esto ya es historia:



Seguimos con las absurdas dedicatorias especiales, dedicadas quedan en cualquier caso... es un temazo también (y a quien no le guste que se compre un mono y que le cante al oido)

Besos situaconistas de Facundo Bonilla




















Pulp "His 'N' Hers"

20090211

Perdiendo el metro


A veces, para muchos... incluido yo, perder el metro es motivo de enfado, especialmente cuando se le cierran a uno las puertas en las narices. Es entonces cuando cada hijo de vecino expresa como buenamente puede su inconformidad ante este hecho, unos con improperios (que llaman la atención con facilidad de los que esperan en frente), otros lo hacen "medio" en silencio (hay gente que se refiere a ello como "rezar") y a otros simplemente se les cambia la cara y se congela en una mueca de amargura.

Esto me pasó a mi esta mañana. Otros días le hubiese echado la culpa a la lectura pues a veces me engatusa y hasta por la calle voy como un zombi sin rumbo aparente. Pero hoy no, iba bien despierto... escuchando música a buen volumen y un paso bien ligado a ésta... Mi primera reacción fue cagarme en la madre del "metro este" (creo que esto tiene algo que ver con nuestra querida presidenta, la espe) ... grito sordo en cualquier caso(por lo menos para mi), las guitarras se encargaban de ello. A continuación, y después de mascullar desconocidos improperios entre dientes,  se me quedó cara de tonto mientras con paso bobo me arrastraba a uno de los bancos del desértico andén... (resumiendo, casi todas las reacciones... como casi todos los pecados)

Empecé a pensar de que forma más tonta se me había torcido el día, pensé con determinación en no dar la coña a mi pobre físio (que aguanta mis agotadoras charlas estoicamente y sin pestañear...) e intentar pasar lo más desapercibido posible en un día que podía continuar perfectamente cuesta arriba...
Pasaron cinco minutos (viva la eficacia de la espe!) y llego el siguiente tren dirección al hospital... entré con la despreocupación del que escucha algo agradable, y yo lo hacía... joder que le voy a hacer...

La sorpresa inicial al ver los vagones llenos de gente me hizo espabilar buscando rápidamente asientos libres. Después el ritual de siempre; me siento, suspiro, subo un poco el volumen, me relajo y espero escuchar algo que me llame la atención en el corto trayecto hasta la última parada de la linea 7. Pero hoy fue diferente...

Con el rabillo del ojo noto como me hacen señas, éstas acompañadas por frases que no puedo oir... medicen algo mientras me llaman con los brazos y dos grandes sonrisas. Más tarde propuse a varios amigos en el gimnasio si adivinarían con quien me encontré... imposible dije, ni en un millón de años... Joder como es la vida. Algún lector despistado, alguno habrá que haya leido más de un "artículo" de este humilde blog... en uno de ellos hablaba de Antonia. Hoy me encontré con ella y su marido en el metro.

Los mismos 89 años (bueno no se si habrá cumplido ya los 90), la misma sonrisa amable, jovial y generosa, su brazo siempre enredado en el de su marido. Él, igual de arreglado, regalandome también sonrisas. Los dos preguntándome por mi estado, por la operación. Sus expresiones rezumaban felicidad... yo les miraba con cierta envidia, después de seis meses los sigo viendo enamomrados... jeje imagino que llevan algo más que eso disfrutando de su matrimonio.

La situación tuvo gracia, yo pensé que la joven iba a una revisión de su rodilla (para los no asiduos; fue operada de una prótesis de rodilla) pero me contó, con una muleta en la mano, que no... que hoy venia al oftalmólogo. De repente y sin saber porqué empecé a regañarle por usar la muleta, de forma continuada enumeré los motivos por los que tenia que andar y ejercitar esa rodilla que no se correspondia, a mi juicio, con su expresión ... todavía de chiquilla, créanme.

Poco antes de despedirnos, ante las faraónicas puertas del "casi prefabricado hospital", me comentaron la forma en que hacía tiempo se acordaron de mi y se estuvieron preguntando por mi estado y sobre todo por mi brazo claro... Una sensación extraña recorrió mi cuerpo... ¿sería posible que eso que me contaban hubiese pasado al mismo tiempo que yo escribía sobre ellos? Solo la idea dibujó una agradable sonrisa en mi cara... no se pudo borrar con nada. 

Nos despedimos como familiares, como los de verdad me refiero... con mucho afecto y con muchas sonrisas en los ojos, esas que luego se reflejan en la boca.
Mi día cambio de rumbo de nuevo y una suave brisa me acompañó hasta la camilla de rehabilitación donde me esperaba Luis que hoy tampoco se libraría de mi pesada conversación y mis bromas "sin sentido".

Besos de Facundo Bonilla... imagino.